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RUYSBROECK, LUGAR DE EXILIO DE JESUITAS (1931) Y LOCALIDAD DE UN CURIOSO MÍSTICO.

 
Leyendo atentamente el Libro del 150 Aniversario del Colegio San Luis Gonzaga me atrajo la curiosidad el nombre que aparece en el título de estas líneas y que en la página 155 del mencionado libro aparece una foto del Chateau de Ruysbroeck. Con la revisión de algún libro de mi biblioteca y el capítulo tercero del mencionado Libro, cuyo autor es Leonardo Molina, S.I., encontré material para redactar este pequeño artículo.
 
El 12 de Mayo de 1931 tras la proclamación de la República, dado el clima de agitación  e inseguridad religiosa que se había creado en algunas ciudades y pueblos, se determinó en el Puerto de Santa María que todos los novicios y juniores y lo mismo todos los seminaristas fueran enviados a sus familias mientras se aclaraba la situación; a consecuencia de esta lógica medida el edificio del Colegio de San Luis Gonzaga quedó vacío, todos marcharon a sus lugares paternos. Cuando les pareció a los superiores que el ambiente estaba tranquilo, los novicios y juniores partieron para el País Vasco, lugar que en aquel momento se consideraba más seguro para las comunidades religiosas. Los andaluces fueron acogidos en el Colegio de Orduña y después en un edificio de la Compañía en Durango.
 
Posteriormente los jesuitas andaluces salieron para Bélgica, los novicios para una Casa de Ejercicios (Fay la Manage) y los juniores primero al Juniorado Belga y luego a un ‘chateau’ cerca de Bruselas en el término de Ruysbroek, provincia de Brabante.
 
Las condiciones de habitabilidad eran penosas cuando menos, los sacerdotes y hermanos vivían en habitaciones individuales, los juniores en camarillas separadas por tabiques de tela tres o cuatro en una habitación según su capacidad. La cocina del ‘Chateau’ seguramente amplia pudo servir para la comunidad. Con el notable espíritu de sacrificio de todos ellos se desarrollaba un fecundo clima de estudios y de oración, al mismo tiempo que la proximidad a Bruselas hacía fácil el contacto con la civilización y con los jesuitas españoles que frecuentemente pasaban por Bruselas. El poco entreteniendo que tenían lo proporcionaban  los anchos caminos que cruzaban los alrededores del lugar y que servían para pasear y sobre todos para realizar competiciones ciclistas, y que por la orografía de un país llano, siguen siendo tan populares en Bélgica y que a buen seguro les amenizaron tantas jornadas de aislamiento. Con un salto al futuro de 83 años, cuanto habrían disfrutado de internet.
 
Y como no, el mayor problema era el frio del invierno, El termómetro marcaba con frecuencia menos de cero grados. Dentro de la Casa se defendían con la calefacción central, que habría que ver cómo era, y aun era peor en el Noviciado. Casi con toda seguridad estaban todo el día con pesada ropa de abrigo, y las cabezas cubiertas con un gorro que llamaban ‘becoquín’. Los largos días de invierno y  la espera de la primavera se les debieron de hacer interminables. Los años del destierro belga no lo olvidarían fácilmente, sólo la transitoriedad del período y el saber que hacían algo por sus vocaciones les daba consuelo.
 
En sus paseos por los alrededores de este castillo de siglo XVIII veían un pueblo serio, laborioso y respetuoso. Seguramente en este  triste lugar,  aquellos jesuitas, novicios y juniores en alguna ocasión pasaron por delante de la casa, quizás en ruina o restaurada, de Juan de Ruysbroeck, curioso personaje del siglo XIV, que en su niñez vivía con su madre en este pequeño pueblo y que como escribe Mª. Toscano y G. Ancochea en su libro Místicos Neoplatónicos, de Plotino a Ruysbrroeck, ed. Etnos, 1998, un buen día se escapa de la casa de la madre y se va vivir con un tío sacerdote que vivía en Bruselas. Su madre lo busca y el niño decide que quiere vivir con su tío y que lo forme. Su madre se hace ‘beguina’ y el niño es educado como cura secular, ayudando a su tío en la parroquia. Las beguinas fue un movimiento espiritual integrado por mujeres de clase media que permanecían solteras o viudas, se reunían en pequeños grupos o comunidades para aportar algún servicio a la comunidad, p.e. cuidar enfermos, planchar o lavar la ropa de los oficios litúrgicos. Vivían con austeridad, en castidad y rezaban juntas el oficio divino. Solían instalarse en casas junto a iglesias u hospitales para prestar allí sus servicios. Poco a poco fueron tomando independencia religiosa y libertad de conciencia frente a la imposición eclesiástica. Poseían una gran cultura teológica y estaban muy educadas en literatura mística
De esta ambiente familiar, cuando Juan de Ruysbroeck tiene 40 años, decide reunirse con un grupo de amigos, entre los que está su tío ya viejecito y marchan al Valle Verde y allí fundar una comunidad que quería vivir en profundidad una vida contemplativa en unión con los demás y con la Tierra. Tuvo muchos adeptos y pensadores importantes que iban a constituir parte de esta comunidad de ‘hermanos de vida en común’. La congregación perseguía un objetivo bastante actual y que no era otro que vivir en paz, en tranquilidad y en el campo, algo muy místico que incrementada y desarrollaba intensa vida espiritual.
Los dos acontecimientos, el exilio de los jesuitas y la vida de Juan de Ruysbroeck, nada tienen que ver a no ser porque en esa localidad florecieron dos experiencias religiosas que con la diferencia de casi seis siglos, una de ellas la experimentaron jesuitas, novicios y juniores que vivieron en nuestro actual Colegio de San Luis Gonzaga.
 
José Miguel Vicente Pecino.